martes, 6 de marzo de 2018

Placas de Cava y Champagne


Las placas y los bozales fueron inventados por Adolphe Jacquesson, un fabricante de champán de Châlons-sur-Marne que registró la patente el 11 de noviembre de 1844. Con anterioridad, los tapones se fijaban a la botella mediante un cordel.

Parece que la primera motivación de Jacquesson a la hora de inventar la placa y el bozal fue la económica. En aquella época, la porosidad de los tapones permitía que a menudo se escapara una parte del líquido y del gas. El champán se oxidaba y perdía sus calidades. Jacquesson se decidió a usar tapones de un diámetro y de una longitud superiores a los de los habitualmente utilizados, por lo cual tuvo que inventar también una máquina que le permitiera introducirlos a la fuerza dentro del cuello de las botellas.
Resuelto este primer problema, pero, subsistía el hecho que con la humedad de las cavas, las ataduras de cordel que aguantaban los tapones muchas veces se pudrían y los tapones saltaban expulsados por la presión del gas, lo cual pasaba también por los cambios de temperatura y las manipulaciones de qué eran objeto las botellas.
Entonces, Jacquesson tuvo la ingeniosa idea de sujetar los tapones mediante una placa de metal y un bozal. Se fijó en las placas de hierro blanco que se utilizaban como reflectores para iluminar las cavas, cogió algunos de deslustradas que eran inservibles, las hizo cortar en círculos de la misma sección que la parte superior de los tapones y las fijó a la botella mediante alambres que sustituían los cordeles.
 
Según señala el inventor en la memoria descriptiva de la patente, estaba previsto que las cápsulas pudieran ser de estaño cobre, latón y de cualquiera otro material rígido, como terracota, porcelana, madera dura, marfil, hueso, cuerno o cuero cocido. La misma memoria señala que el estaño es el material que parece reunir las mejores condiciones de economía y de inalterabilidad.
Jordi Viader

Placas de Cava



Las placas de cava -la denominación "chapas" suele quedar reservada por el tapón corona- son pequeñas piezas de metal que conjuntamente con el bozal de alambre sirven para evitar que la presión que ejerce el gas contenido en los vinos espumosos acabe expulsando el tapón.

Desde que hace once años un pequeño grupo de aficionados fundó en Barcelona la primera asociación de coleccionistas de placas de cava, el interés por estos objetos no ha parado de crecer.

Placas de cava y champán
Las placas fueron inventadas por Adolphe Jacquesson en Chalons sur Marne, una pequeña población de la Champagne, en Francia, en 1844. En un principio eran todas anónimas y presentaban unos mayores entalles que permitían el paso de las patas del bozal. Posteriormente, a finales del siglo XIX, estas mismas placas "entalladas" se empezaron a personalizar embutiéndo por un sistema de troqueles, el nombre de la marca o de la cava. A principios del siglo XX aparecieron en Francia las primeras placas litografiadas, un sistema de impresión que aplicado sobre la plancha de metal permitía incluir textos más amplios, dibujos y colores.

 
En Cataluña, donde el cava nace oficialmente en 1872, las primeras placas personalizadas, del tipo estampado-entallado son de los años treinta. Después de la guerra civil la falta de materia prima obligó a los fabricantes a reutilizar recortes y latas de conserva usadas, lo que nos ha permitido encontrar algunos ejemplares curiosos de placas con inscripciones en el interior que nada tienen que ver con el mundo del cava. 


En nuestro país las primeras placas litografiadas son de finales de los años 60 e inicios de los 70 y ya no presentan entalle sino una simple muesca de dimensiones mucho más reducidas. 
El coleccionismo
En cuanto al coleccionismo, sus inicios remotos, siempre a nivel individual se pueden situar en los años ochenta del siglo XX, si bien, como decíamos al principio, el gran impulso se produjo a mediados de los años 90.

Dos fueron las causas de este impulso. Por una parte la fundación de la primera asociación de coleccionistas de placas de cava que trajo aparejada la organización de los primeros encuentros de intercambio. Por otro la edición en 1995 del primer catálogo de placas de cava, sólo tres años después de la publicación del primer catálogo mundial, el de placas de champán.

Actualmente el número de aficionados supera los cinco mil, fundamentalmente centrados en Cataluña, pero con núcleos diseminados por el resto del Estado español, especialmente en Madrid y Comunidad Valenciana. 

 

En cuanto a las placas, la posibilidad de negocio a llevado a muchos cavistas a interesarse por el tema, lo que ha dado lugar, sobre todo a partir del boom del año 2000 a un crecimiento desmesurado del número de novedades. Así, mientras que hasta la publicación del primer catálogo cada año aparecían entre 15 y 20 placas nuevas, en 1996 aparecieron 50: en 1998, 100; en 2000, 200; en 2001, 500 y 2003, 750... Una progresión difícilmente sostenible para el simple aficionado que se ve incapaz de mantener la colección mínimamente actualizada.

 

Paralelamente ha ido surgiendo un pequeño mercado de compra-venta de placas, que en un principio se centraba, sobre todo en las placas antiguas, pero que ahora se decanta casi exclusivamente por las novedades. En cuanto a los precios y centrándonos en las placas antiguas, muchos ejemplares se sitúan alrededor de los 150 euros y llegan a menudo a doblar y triplicar esta cifra. Para algunos ejemplares únicos se han llegado pero a pagar más de 3.000 euros. 
Jordi Viader


Fichas de teléfono (y 4)



Dejando aparte las fichas europeas y americanas, y algunas rarezas asiáticas y africanas, está claro que el auténtico paraíso de los coleccionistas de fichas telefónicas es el ex Unión Soviética. 
En una extensión tan grande como la que abarcaba la antigua URSS, hay muchas, muchísimas ciudades grandes y medianas, susceptibles de haber contado con este sistema de prepago telefónico.
Aunque la desmembración de la Unión dio origen a una docena larga de países independientes repartidos entre Europa y Asia, las fichas de los cuales ahora hay que clasificar por separado, es la Federación Rusa desde el Báltico al Pacífico, donde, podemos encontrar más variedad de fichas telefónicas personalizadas.

Los hay tan curiosas como las acuñadas aprovechando una moneda de curso legal a modo de cospel (suponemos que porque resultaba más barata la moneda que el cospel). Cabe señalar que todas las fichas telefónicas de la ex URSS se agrupan en dos tipos bien diferenciados: las que servían para llamadas urbanas y las de larga distancia.

De hecho uno de los catálogos especializados que existen sobre el tema, se ordena en dos tomos a partir de esta diferenciación, y, dentro de cada tomo, lógicamente por países (actuales) y por ciudades. Desgraciadamente dicho catálogo está escrito en ruso, y, lógicamente, en alfabeto cirílico, una buena ocasión, al menos, para zambullirnos aunque sea superficialmente en este idioma de sonoridades sugerentes.

Jordi Viader

Fichas de teléfono (3)


En el Continente Americano hay dos países especialmente interesantes en cuanto a las fichas telefónicas: Los Estados Unidos y Brasil.
Respecto al primero, existen muchísimos modelos diferentes que servían para hacer funcionar aparatos de teléfono de diversas compañías en diferentes ciudades. Algunas son fichas muy buscadas que llegan a alcanzar precios interesantes.
La ficha telefónica más antigua que se conoce fue producida en 1885 por la Pan Telephone Company en Saint Louis (Missouri), y servía para acceder al interior de la cabina telefónica, pero no para usar propiamente el teléfono.
Cinco años más tarde en 1890 la Sunset Telephone and Telegraph Company de California, acuñó la primera ficha que se depositaba en el interior del aparato telefónico. 
Posteriormente, a principios del siglo XX, algunas compañías con aparatos telefónicos situados en establecimientos públicos, como bares y tiendas de comestibles, pusieron en circulación una gran variedad de modelos de fichas, con ranuras, cortes, perforaciones, etc, de uso casi exclusivo para cada local. El inventor de estas fichas personalizadas fue Henry Goetz que el 1907 patentó el sistema, posteriormente comercializado por la Chicago Telephone Company. Hay tantas diferentes, que incluso tienen su catálogo diferenciado del catálogo general de fichas de teléfono americanas, al que superan en número. 
En cuanto al Brasil, la existencia de numerosas compañías telefónicas que actúan en diferentes estados y ciudades del país, también ha facilitado la diversificación de los modelos. Al igual que en Estados Unidos, también existen catálogos específicos de fichas telefónicas brasileñas, de las que se conocen más de 200 modelos. 
Jordi Viader Riera

Fichas de teléfono (2)


Africa es un continente con una cantidad pequeña de fichas telefónicas. La mayoría de las existentes fueron usadas durante la época colonial. Este es el caso, por ejemplo de Túnez, Marruecos o Libia, entre otros.  

Respecto a este último país, existe una ficha acuñada durante la ocupación italiana, entre 1912 y 1943, que ostenta el récord de precio en las subastas de internet. Se vendió, hace un par de años por poco menos de 600 euros. 
En cuanto África subsahariana, Zambia, Uganda, Sudáfrica, son algunos dela países que tienen fichas telefónicas, en general bastante raras y difíciles de obtener. 
Asia, a excepción de los territorios que pertenecieron a la Unión Soviética, es otro continente con una utilización escasa de fichas telefónicas. Las ha habido en Turquia...
 
India, el Pakistán...
Ceilán, Nepal...  
 
El mítico Shanghai internacional tenía un servicio telefónico con fichas, así como las Filipinas y Vietnam del Sur. Por cierto que después de recorrer este último de punta a punta, visitando tiendas y vendedores de monedas en busca de algún ejemplar, regresé sin encontrar ninguno y lo terminé comprando unos meses más tarde en Estados Unidos, a donde llegó, probablemente, en el bolsillo de algún excombatiente.
Jordi Viader Riera

Fichas de teléfono (1)


 

Pocos inventos han sido tan rápidamente asimilados y popularizados como el móvil. No hace tantos años que apareció y ahora ya no nos atrevemos ni imaginar lo que sería vivir sin él.
Antes de que existiera era necesario recurrir a las cabinas y, antes aún, a bares, tiendas y particulares autorizados a disponer de "teléfono público". Algunos de estos teléfonos -pocos- funcionaban con monedas, otros -la mayoría- lo hacían con pequeños discos de metal de formato específico que se compraban en los estancos y que al contrario que las monedas, permitían subir el precio de las llamadas -en unos momentos de inflación desbocada como lo eran los años sesenta y setenta- sin necesidad de hacer ningún tipo de adaptación en los aparatos. Eran las fichas, que algunos llaman "monedas antiinflación", los telephone token, jeton telephone, gettone telefonico o telephonmarke de otros idiomas.
El coleccionismo de estos objetos paranumismàticos- como muchos otros coleccionismos- ha tenido un antes y un después a partir de la aparición de Internet y de las webs internacionales de subastas. Ahora es fácil comprar desde casa piezas de cualquier parte del mundo. Antes, en cambio, hacían falta años de esfuerzo y paciencia para llegar a disponer de los contactos internacionales necesarios para poder comprar o intercambiar piezas de otros países.

Fichas españolas y europeas
En España las fichas telefónicas más antiguas son de hierro y presentan una sola ranura. Posteriormente aparecieron las de latón, con varios modelos, que se mantuvieron en circulación hasta bien entrados los años setenta. 
En el resto de Europa han sido muchos los países que en un momento u otro de su historia reciente han utilizado fichas como sistema de pago de las comunicaciones. Uno de los más interesantes es Italia donde la coexistencia de varias empresas de telefonía motivó la aparición de modelos diferentes de fichas, y donde, quizá por este motivo, hay un colectivo destacado de aficionados, con algunas de las mejores colecciones a nivel mundial.
Personalmente me interesan mucho las fichas de los años treinta y cuarenta, en especial de países centroeuropeos, como Austria, las dos Alemanias, Checoslovaquia o la Croacia bajo control nazi. 
 
Uno de los países europeos que más variedad ofrece es Rumanía que incluso cuenta con un catálogo especializado, y uno de los más buscados, Andorra, que en los años sesenta acuñó una ficha en catalán que -lo que son las cosas- yo encontré y compré en Madrid.
 
Jordi Viader Riera

jueves, 1 de marzo de 2018

Un poeta multicoleccionista


 

Pablo Neruda (1904-1973) decía de él mismo que era un "marinero de tierra firme": le gustaba el mar, pero a distancia. Por eso vivía rodeado de objetos marineros, en una casa llamada Isla Negra, en la Comuna Lo Quisco, en uno de los lugares más bonitos de la costa chilena, a cincuenta metros del océano pacífico con vistas, olor y ruido de mar.

 


Como consecuencia de esta fascinación por el mar, a lo largo de su vida el poeta fue reuniendo una deliciosa colección de mascarones de proa, con ejemplares de una gran belleza y de elevado precio.
Cuando tuve la suerte de visitar Isla Negra, me sorprendió comprobar que además de mascarones Neftalí Reyes -que este era su nombre de nacimiento- coleccionaba otras muchas cosas. Neruda era un multicoleccionista nato y en su refugio de la costa, más aunque que en la Chascona y la Sebastiana, sus casas de Santiago y de Valparaiso, había ido acumulando tesoros muy diversos, desde una máquina de tren hasta restos de un naufragio.

 

Una de sus colecciones más bonitas es la de botellas de licores. En el mercado de las pulgas de París, Neruda se había dejado en más de una ocasión el dinero de la cena, anteponiendo el deseo de poseer un objeto bello, al hambre saciada.

 

Otra de las colecciones que fascina es la de barcos en botella. Hay de muchos tipos y tamaños, pero todos de una gran belleza. Por cierto, que los conservadores de la casa han tenido la buena idea de vender reproducciones, una de las cuales, forma parte de mi propia colección de barcos enjaulados.
También hay mariposas tropicales, escarabajos y una notable, notabilísima colección de caracoles marinos.
 

Pero el afán coleccionista de Neruda no se paraba aquí, por eso había reunido también máscaras, instrumentos musicales, barcos a escala, representaciones de animales y un largo etcétera con un único denominador: todo el que reunía, ya fuera simple o muy valioso, era indudablemente bello.
El poeta murió pocos días después del golpe de estado contra Salvador Allende, su espíritu, pero, se mantiene vivo de una forma intensamente perceptible, no sólo a través de sus textos sino también y oso decir que sobre todo, a través de los objetos que amó y conservo.

 


Cámaras de cine amateur 1



En los inicios del cine la frontera entre el amateurismo y la profesionalización no parecían mucho claras. Los primeros cineastas acostumbraban a ser fotógrafos profesionales, pero su actividad cinematográfica tenía más de voluntarismo que de negocio.
Con el paso del tiempo, pero, el coste y la complejidad de os de los aparatos y la peligrosidad de las películas de nitrato que se inflamaban con mucha facilidad, relegaron el cine a un ámbito casi exclusivamente profesional.
Aún así desde bien pronto hubo intentos para conseguir un modelo de cámara que pudiera tener uno os doméstico. Las cámaras profesionales adoptaron casi desde los inicios el formato de 35 mm demasiado grande para una cámara amateur que lógicamente tenía que tener una medida más reducida.
 
La primera solución fue partir las películas de 35 mm por la mitad, y obtener una cinta de 17’5 mm. Este fue el formato del primer modelo con pretensiones de convertirse en una cámara doméstica, el Birtac, patentado en Londres el 1989 y al cual seguirían otros muchos intentos en este y otros formatos, como las películas de 11 mm. 15 mm y 22 mm.
 
El 1912 los hermanos Pathé sacó una cámara doméstica con película de 28 mm no inflamable 
 
...y Edison una de 22 mm. Siempre con la idea de conseguir un modelo que fuera popular.
Ninguno de estos intentos acabó cuajando en la creación de un auténtico formato estándar de cine de uso doméstico. Finalmente, el 1922, los hermanos Pathé sacaron al mercado el 9'5 mm. que tenía una sola perforación en medio, entre fotograma y fotograma, para el arrastre de la película. 
 
Al principio se concibió únicamente para la proyección, es decir que no había ni cámaras para grabar ni se venían películas vírgenes. Únicamente se disponía de proyectores doméstico y de películas ya grabadas y montadas con títulos del cine comercial que se venían o se alquilaban para ser vistas en familia, un sistema similar al del actual funcionamiento del alquiler y venta de DVD's.
Pero bien pronto se vio que el formato podía servir también para la grabación de películas amateurs y el año siguiente se puso a la venta la primera cámara cinematográfica auténticamente doméstica de la historia, la Pathe Baby.
Los primeros modelos eran de manivela, lo cual quiere decir que se usaban siempre sobre trípode para evitar que las imágenes se movieran en exceso. Había que tener una cierta habilidad para mantener el mismo ritmo a la hora de darle vueltas, de forma que no se notaran cambios en la velocidad a la hora de la proyección.
 
El 1926 se ideó un mecanismo de cuerda que se acoplaba a la cámara original y permitía la grabación sin manivela, a un ritmo constante, y a varias velocidades, y el 1928 apareció la Pathe Motocamera el primer modelo que incorporaba de origen el mecanismo de cuerda en el interior de la misma cámara.
 
Los diversos modelos domésticos de Pathe tuvieron una rápida difusión y en los pocos años que van hasta el estallido de la Guerra Mundial se vendieron varios centenares de miles de aparatos en toda Europa



miércoles, 28 de febrero de 2018

Monedas o "fichas" de Cooperativas



Desde medios del siglo XIX surgieron en Cataluña un número importante de cooperativas de consumo. A menudo nacieron vinculadas a movimientos obreros de signo anarcosindicalista o católico, o estaban inspiradas por la Masonería. 
 

Muchas de estas cooperativas acuñaban monedas propias para ser usadas a sus economatos. Se trataba de suplir la carencia de moneda fraccionaría que era habitual en aquellos años y a menudo las monedas "de la cooperativa" acababan traspasando sus límites y llegaban a ser usadas como moneda local. 
 
Los materiales más habituales eran el latón y el cobre para los valores más bajos y el níquel para los más altos, pero también se usó el aluminio, el zinc y varias aleaciones entre ellos, como el cuproníquel, el cuproaluminio, etc.
 
Los valores variaban entre el céntimo y las quinientas pesetas. Pero hay que tener en cuenta que conforme los años iban pasando, la inflación se hacía notar y los valores eran más altos. Por eso, en general las series con valores más bajos son más antiguas y las de valores más altos más modernas. Los más habituales eran los cinco céntimos, los diez céntimos, los cincuenta céntimos y la peseta, pero incluso hubo monedas de unos insólitos tres céntimos!

La simbología que mostraban al anverso solía hacer referencia al ahorro y la solidaridad, con huchas y apretones de manos, o a la tendencia política de la asociación. Son fuerza habituales las que muestran triángulos y plomadas, de indudables referencias masónicas.
Con el tiempo también acabaron acuñando moneda otras tipo de establecimientos como por ejemplo los bares, los restaurantes y los comercios, sobre todo de Barcelona. 
Especialmente interesantes son las que provienen de music-halls, salas de fiesta y prostíbulos del antiguo Barrio Chino. 
En cuanto a los prostíbulos el uso de "chapas" para pagar los servicios era muy habitual. El cliente compraba a la Madame una ficha que le daba derecho a estar con una de las chicas, a quienes pagaba con la chapa. Al acabar la semana las chicas cambiaban las chapas que habían obtenido por dinero de curso legal. De aquí provienen expresiones como "hacer chapas" o "chapero" que hacen referencia a la prostitución masculina. 
Durante la Guerra Civil fueron muchos los negocios colectivizados o agrupados en empresas únicas por los sindicatos. Muchos usaban vales de papel o de cartón para sus transacciones, pero otras acuñaron moneda propia. 
La mayoría de monedas acuñadas durante la Guerra Civil, tal como pasó después con la II Guerra Mundial, eran de aluminio o de zinc.

En la posguerra las cooperativas obreras perdieron fuerza. Desde el sindicalismo oficial se pretendió controlar el movimiento y hacerlo compatible con la ideología franquista. 

 



Muchas desaparecieron y las pocas que surgieron fueron exclusivamente cooperativas de consumo, a menudo vinculadas a la Iglesia o a cooperativas agrarias. Con todo hay algunos ejemplos de cooperativas de esta época que acuñaron moneda de uso interno.